martes, 13 de diciembre de 2011

El Renacer (Regresa Noriega a Panamá)

"Una celda gris de unos 12 metros cuadrados, con dos ventanas, una puerta de metal, una cama individual, un baño y una mesita, lo espera en la prisión".

Así describía la reportera Isabel Sánchez, de AFP la que será la morada de Manuel Antonio Noriega. Cuando me dijeron que Noriega regresaba a Panamá, inmediatamente me invadieron las imágenes de quien fuera mi primera referencia de un dictador. En mi mente de niña se formó aquel monstruo representante del autoritarismo con lo que veía y escuchaba a mi alrededor. Me importaba, porque Panamá es la patria de mi familia materna, del lado de Mamá Tulia, mi abuela, y sería más tarde la de mis sobrinos queridísimos.

Aquel rostro de piel rugosa, de sonrisa burlona y traje militar es, en mi memoria, la cara del mal gobierno, del líder al que todos luego desearíamos castigo. Sin saber de política, sin tener siquiera criterio formado –y no es que hoy lo tenga– todo me parecía claro entonces: un señor ha sido malo y hay que darle su merecido.

Recuerdo helicópteros en la televisión y conmoción en mi casa cuando los norteamericanos llegaron como héroes a poner orden. Fue un 20 de diciembre. Y fue este acto un extraño regalo de cumpleaños para mi mamá, panameña de nacimiento y de adolescencia.

Tenía yo 9 años, la misma edad de mi sobrina Rebecca cuando llegó a Ciudad de Panamá hace unos meses. Primero de visita, mientras mi hermano y mi cuñada buscaban en el país centroamericano la misma promesa que vio mi madre en Venezuela, hace más de una cuarentena de años: una mejor vida.

Pocos meses después tomaron la decisión de radicarse allá, huyendo esta vez de la versión venezolana de un autoritarismo también con botas, pero con disfraz de socialismo. Una piña, pero no por la apariencia física, sino por la persistencia terca de una revolución vacía de progreso y llena de fracasos.

Puedo seguir buscando paralelismos patéticos, puedo seguir tratando de escribir poéticamente lo que desde mi familia se ha visto en política y migración. Puedo seguir y conseguiría llenar tantas líneas como cualquier venezolano podría. Pero quiero, mejor, centrar mi atención en las zancadas de ese pequeño y joven país del que orgullosa me siento parte.

Veo ahora que Panamá ha superado una dictadura, que ha sabido aprender de otros lo suficiente como para querer caminar sola. Y eso es lo que hoy quiero ver: ese modelo latinoamericano y cercano. Quiero ver a la gente en la calle, caminando tranquila, trabajando por resolver los problemas que quedan; quiero ver el patriotismo sano, la tolerancia, la economía creciente, las instituciones sólidas. Quiero ver la democracia tan viva como las ganas de hacerlo bien de la Panamá de hoy, quien recibe a su prócer de la crueldad en un penal con el nombre de la decisión que tomó esta patria hace 22 años: El Renacer.

"Debe de pagar por todas sus penas, todo el daño, todo el horror, todo el oprobio, toda la muerte", dijo Martinelli, rememorando hechos como la Masacre de Albrook o los nexos del exmandatario con el narcotráfico. Suena tentador desear lo mismo para Hugo Rafael Chávez Frías, pero ya de eso se encargarán quienes deban hacerlo –divinos o humanos– cuando corresponda. Mientras tanto, yo sólo quiero ver de cerca la Panamá valiente, para saber con más convicción que mi Venezuela posible, que mi Venezuela soñada está a la vuelta de la esquina. Y que sólo estamos a un acierto del GPS evolutivo para llegarle.