viernes, 28 de mayo de 2010

¡Búrlese!

Algún colombiano dentro de algún discurso humorístico extendía esta invitación a hacer mofa de alguna actitud que, de seguro, se prestaba para la burla*. En generosas, pero muy generosas oportunidades me he burlado, lo confieso, sobre todo ante quienes meten este glorioso desahogo en la misma cajita en que meten los "pecados". Me he tratado de convencer de que no está bien, de que no debo hacerlo... ¡pero es que es tan sabroso burlarse!

Un buen día, disertando con una gran compañera de burla, una de mis preferidas, le pregunté por qué era tan buena esta práctica, por qué se sentía tan bien burlarse de los demás... Y ella, sabia, muy sabia, me dijo: "porque te hace sentir superior a los demás". ¡Claro! Ahí está la revelación, el secreto de esta droga placentera.

Observar las debilidades de los demás y convertirlas en chiste tiene muchos matices. Está el matiz destructivo, que se manifiesta cuando el interés es degradar y hasta dañar a una persona débil. Pero está el otro matiz... El que debilita, en la mente del burlante, al que es fuerte porque circunstancialmente tiene el poder.

Este, para mí, es el más gustoso. Si quiere saber cómo hacerlo, tome nota. Consiste en crear un personaje derivado de las debilidades, carencias o cualquier otra manifestación de ridiculez emocional. Una vez definido, este personaje se convierte en la válvula de escape para la intolerancia. Consígase un socio, de mucha confianza, y construya -no destruya, nótese- el personaje en equipo, las carcajadas serán más fuertes. Si no está rodeado por nadie de confianza, mejor hágalo en su imaginación y goce solito.

Puede que suene desalmado, pero al menos es una manera conciente de liberarse de las emociones negativas que nos generan ciertas actitudes que consideramos intolerables porque van en contra de nuestra manera de pensar, o tal vez, porque nos reflejan lo que no nos gusta de nosotros mismos... ¡Ojo! Eso también puede pasar.

*Andrés López.